Nuestra educación emocional es hija del Romanticismo, de aquella época que
nos enseñó el valor de los sentimientos  y la importancia de nuestra vida interior,
así como lo elevado y rotundo de las pasiones.

La danza, nuestra profesión real y de fe, se mueve constantemente en la esfera
de las emociones.
Cuando se habla de danza se habla, necesariamente, de emociones.

Nuestra época, llamada de la ”Incertidumbre”, ha marcado una ruptura respecto
a la manera de vivir y de expresar las emociones. Se han liquidado los lugares
de la interioridad, se han difuminado las barreras de lo público y lo privado,
se van diluyendo a diferentes velocidades, los valores que nos dieron la fe
en el amor y los sentimientos elevados.

Esta pieza es nuestra manera de poner en escena esas sensaciones de pérdida,
de íntima desolación, ante la aparición de la realidad como un inmenso plató
de televisión que nos deja con la impresión de que la banalidad es el único
lugar posible.

 

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